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Renzo Gómez Vega

Editor de la Revista Sudor

 

Pa’ la escuela todos los niños. Pupy Cantor se ha sacado el sombrero por segunda vez. “Podría morirme feliz esta noche”, dice el puertorriqueño, fiel custodio de la clave y el fraseo. Su calva se inclina. El público corea: Puuupy, Puuupy, Puuupy. “Esto es salsa”, afirma un bigotón embelesado, representante digno del salsero duro.

 

Desplazados de la radio y la televisión, sin los reflectores ni la fertilidad de los años setenta, se incuba en el salsero duro, fundamentalismo y nostalgia. Pocos han aprendido a vivir en democracia con la timba, y la salsa romántica. Pocos se reconciliarían con Marc Anthony. La música, por fortuna, no carga aún en sus manos las granadas de la política, la religión y el deporte. Sus máximas explosiones provienen de sus trompetas y trombones.

 

Los seis vientos peruanos anuncian una estampida. O mejor dicho, una masacre. La trompeta de Richie Viruét y el trombón de Jimmy Bosch no escupen melodías, escupen balas. Expulsan artillería pesada. Rescatan memoria. El barullo del barrio. El sonido del Bronx.

 

Salsa pal pueblo se llama el evento sin falsedad alguna. Y aunque las entradas se duplicaron sin previo aviso, el salsero, malacostumbrado a entrar gratis, ha pagado con gusto, y conciencia. El tributo al Conjunto Libre del timbalero Manny Oquendo, auténtica resistencia salsera post-Fania All Stars en los niuyores, ha corrido a cuenta de una productora pequeña (JR Producciones), y un colectivo de conocedores entusiastas (Salseros de acero).

 

Los organizadores han desplegado una bandera de Puerto Rico en el fondo del escenario. El presentador Óscar Godos, a quien apodan el ‘Callejero’, habla con los modismos de borinquen. Breña es una porción de la isla. Una isla que flota sobre riachuelos de cebada y trozos de botella a estas alturas de la noche. No se reportan accidentes. A lo mucho un par de resbalones. Pocos, muy pocos bailan. La mayoría, pasmada, empachada, embelesada, transmite en vivo con una mano y se palmea el pecho con la otra. El resto menea en su loseta.

 

El alabancioso Frankie Vásquez y el santero elegantioso Herman Olivera se han montado en la tarima. Y entonces, solo entonces, al lado de Pupy Cantor conforman el tridente de soneros flanqueado por los metales de Jimmy Bosch y Richie Viruét. “Esto es salsa”, dice ahora un veinteañero. Nostálgico el salsero: añora incluso lo que no vivió. Añora con elepés heredados. Añora con el alma de sus abuelos. Añora libre como el conjunto.

 

Omar Basallo en el piano y Bienvenido Vílchez en las pailas demuestran que talento nunca nos faltó; Frankie, Herman y Pupy, que los soneros son tan escasos que dividirse es una bobería. Que los puñales son cosa de Tempo y Calle 13. Que Manny no se equivocó con ninguno.

 

Vengo sabroso, el último hit de la jornada, corona lo vivido y bebido. Esto es salsa.

Pa’ la escuela todos los niños.

 

Video: Como les quedo el ojo

Foto: Chino Helard

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